Golpe al mentón. De esos que duelen por el resultado y, sobre todo, por la imagen. La Selección Argentina de básquet cayó 61-44 ante Uruguay en el mítico parquet del Estadio Obras Sanitarias y dejó una sensación que hacía tiempo no se veía: impotencia pura.
Fue por la tercera fecha de las Eliminatorias FIBA Américas rumbo al Mundial de Qatar 2027, pero el contexto no atenúa el golpe. El equipo de Pablo Prigioni firmó una de las producciones ofensivas más pobres de su historia reciente: 44 puntos en 40 minutos. Un número que habla por sí solo.
Desde el salto inicial se notó la incomodidad. Ataques largos, tiros forzados, poca circulación y una alarmante falta de confianza. Sin Facundo Campazzo ni Gabriel Deck —ambos en la tribuna—, la Albiceleste perdió claridad. No hubo conducción firme ni alguien que rompiera el molde cuando la pelota quemaba. Nadie llegó a los dobles dígitos. Sí, nadie.
El último cuarto terminó de desnudar el problema: 9 puntos en diez minutos. Uruguay metió 20 en ese tramo y bajó la persiana sin sobresaltos. Cada intento argentino chocó contra una defensa intensa, ordenada, incómoda. Los celestes olieron sangre y no soltaron la presa.
El tridente uruguayo marcó el pulso. Joaquín Rodríguez, implacable, se despachó con 20 puntos; Emiliano Serres aportó 14 y Bruno Fitipaldo manejó los tiempos con 10 y mucha personalidad. Uruguay jugó con disciplina, tomó buenas decisiones y castigó cada error local. Nada de hazañas: trabajo serio y eficacia.
Del lado argentino, en cambio, reinó la frustración. Bajos porcentajes, escasa generación colectiva y una defensa que, si bien tuvo momentos correctos, no pudo sostener el partido cuando el ataque dejó de responder. El 61-44 no fue un accidente: fue la consecuencia de una noche sin ideas.
Con este triunfo, Uruguay manda en el Grupo D con récord perfecto (3-0), mientras que Argentina queda 2-1 y, más allá de la matemática, se lleva una señal de alarma. El camino al Mundial es largo, pero actuaciones así no admiten demasiadas repeticiones.
La derrota ante el clásico rival rioplatense no solo pesa en la tabla. Pesa en el orgullo. Y en la obligación de reaccionar rápido, porque la camiseta siempre exige algo más.