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El Malbec hoy: ¿puede convertirse el vino insignia de la Argentina en una categoría global? – Infobae.com

A fines del siglo XIX, y de la mano de los inmigrantes italianos y franceses, la vitivinicultura creció exponencialmente y con esta, el Malbec, que se adaptó rápidamente a los diversos terruños que proponía nuestra geografía donde se desarrolló, incluso, mejor que en su región de origen. De esta forma, con el tiempo y con mucho trabajo, se perfiló como uva insignia de la Argentina. Pero esto, más que buscado, se dio naturalmente. Porque el Malbec viajó en el mismo barco que las demás variedades francesas de Burdeos (Cabernet Sauvignon, Merlot, Cabernet Franc, Semillon y Sauvignon Blanc); entre otras cepas europeas; de la mano de Michel Aimé Pouget (1821-1875).

El agrónomo francés que presentó a la legislatura mendocina, el 17 de abril de 1853, el proyecto de ley (aprobado el 6 de septiembre) para que se estableciera en la provincia una Quinta Modelo y una Escuela de Agricultura, por recomendación de Domingo Faustino Sarmiento, desde su exilio en Chile. Siguiendo el modelo de Francia, esta iniciativa proponía incorporar nuevas variedades de cepas como medio para mejorar la industria vitivinícola nacional. La idea era mejorar los viñedos, y por ende la calidad de los vinos, y promover una industria que prometía consolidarse como una de las más importantes.

Y así fue, con Mendoza como líder (porque hasta allí llegó el ferrocarril), y San Juan desde siempre siguiéndola de cerca. Los inmigrantes llegaban al puerto de Buenos Aires con sus vides (y olivos) bajo el brazo, y seguían viaje hasta la región cuyana. Porque allí había superficie para el cultivo, con suelos pobres, ideales para el desarrollo de la viticultura (y olivicultura), y un clima desértico, con pocas lluvias y mucho sol. Condiciones ideales para la buena madurez de las uvas, gracias a que el agua faltante de las lluvias podía ser provistas a través de las acequias (canales) creados por los indios, para aprovechar el agua de deshielo de la Cordillera de los Andes.

Hacia 1980, el vino argentino estaba presente en todos los hogares del país, porque la costumbre era almorzar y cenar con vino, ya sea en botella de litro con tapa a rosca, o en damajuana. El consumo per cápita por aquel entonces fue récord mundial; 90 litros per cápita (hoy está en 19); y la industria crecía porque todo el vino elaborado se consumía en el marcado interno. Pero una (de las tantas) crisis que sufrió el vino fue determinante para demostrarle a los bodegueros que no era tan fácil, y tuvieron que reconvertirse. Apostar a lograr vinos de mayor calidad, sacrificando cantidad de uva en los viñedos, tecnificando las bodegas e implementar procesos más cuidadosos, tanto en el viñedo como en bodega.

Pero por aquel entonces los (pocos) grandes vinos nacionales estaban concebidos a imagen y semejanza de Burdeos, la meca de los tintos. Con vinos a base del Cabernet Sauvignon; ya considerado el rey de los cepajes. Podían ser puros (no se hablaba de varietales en ese momento), o mezclas con Merlot y Malbec.

Todavía nadie confiaba en las aptitudes enológicas del Malbec, que ya era la segunda cepa más implantada del país, detrás de la Bonarda. Dos uvas que se adaptaron muy bien a la región, con rindes muy generosos, y los atributos enológicos que se buscaban por aquel entonces.Pero la necesidad de salir al mundo con los vinos argentinos provocó un giro inesperado. Porque los “grandes” tintos y blancos argentinos a base de Cabernet Sauvignon y Chardonnay, no eran admirados por ningún comprador. Ya que, en la comparación con los franceses, norteamericanos o australianos, por ejemplo, salían perdiendo. Así fue como en el 2000 irrumpe (poco a poco) el Malbec, por ser original, pero también por ofrecer un vino diferente, con características propios y, sobre todo, gran potencial.

La cepa transita hoy su mejor momento, con 43.000 hectáreas que representan el 37,53% del total de variedades tintas plantadas, y el 21,40% de la superficie total cultivada en el país. Asimismo, es la variedad que más ha aumentado su superficie ya que, en los últimos 19 años, se ha incrementado en un 163% (el equivalente a 26.653 has.), pasando de 16.347 has. en el año 2000 a 43.000 has. en la actualidad. En dicha distribución, Mendoza lidera la producción nacional de Malbec con 36.585,50 hectáreas cultivadas (85,05% del total de viñedos). Inmediatamente le siguen San Juan con 2.651,50 has. de plantaciones (6,17%), Salta con 1.386,30 has. (3,22%), La Rioja, Neuquén, Río Negro y Catamarca.

Pero cantidad no es sinónimo de calidad, más allá de lo que aporta al posicionamiento global, ya que, el segundo lugar con más hectáreas plantadas de Malbec es Cahors, la comuna al Sudoeste de Francia, de donde proviene. Y ahí el know how de los agrónomos y enólogos fue fundamental. Primero aprendiendo a vinificarla con más cuerpo y concentración, y con crianza en barricas nuevas de roble (francés o americano), tal como “pedía” el consumidor global emergente. Pero rápidamente se dieron cuenta que por ahí no venía la mano, que el secreto estaba en el viñedo, ya que el vino nace en la viña. Y empezó el estudio exhaustivo del clima primero, y luego el de los suelos. Y comenzó una nueva etapa, porque se pasó de una vitivinicultura que venía de la corrección (de problemas en viñedos y bodegas) a una de precisión.

Es por ello que en la última década la mirada estuvo puesta en el terroir para comprender su influencia sobre los vinos y, en este ambicioso desafío, el Malbec fue el verdadero protagonista por servir al entendimiento de los terruños y a la interpretación de las diferencias e incidencias en cada cepa. Hoy la variedad insignia de nuestro país resurge e inspira estilos actuales en el realce del sabor y la percepción perpetua, ya que la enología actual no habla de perfección sino de representar fiel y sutilmente a la zona de origen.

La identificación de microrregiones, el estudio de suelos, la búsqueda de identidad y la tecnología al servicio de la vinificación hicieron que el Malbec fuera mostrando lo que es capaz de ofrecer hasta convertirla en lo que es hoy: el embajador de un país en el mundo. Su riqueza, plasticidad y diversidad hicieron que se desarrollara una verdadera revolución de la vitivinicultura nacional, reflejada en exportaciones con un crecimiento superior al 375% en apenas 11 años, y en su instauración como la variedad más plantada en Argentina, con 21% del total de viñedos.

El Malbec es sin dudas el mejor “vehículo” para recorrer los diversos paisajes del vino argentino a través de las copas. Y eso es para celebrar, no solo porque la calidad de los vinos actuales es la mejor de la historia, sino porque sigue demostrando que tiene mucho potencial. Ya sea como varietal o en blends, acompañado de Cabernet Franc o Sauvignon, por ejemplo. Como si el Malbec sintiera la altura y lo reflejara en las botellas, desde las más extremas a 3000 metros en los Altos Valles Calchaquíes, hasta las más australes en Patagonia, pasando por los diferentes terruños cuyanos que van desde los 600 metros en el Este Mendocina, y llegan a más de 1200 en Valle de Uco (Mendoza) y Valle de Pedernal (San Juan).

Ahora el desafío del Malbec es convertirse en una categoría global, eso que ha logrado a nivel local debería poder hacerlo en el mundo. Pero no es tan fácil como suena, porque no está solo, sino que compite con todos los vinos del mundo. Pero hoy, más allá de los franceses, italianos y españoles, nadie es dueño de un vino. Sin embargo, Malbec es sinónimo de Argentina, al menos para los profesionales y, poco a poco, para los consumidores más interesados. Y esta posibilidad única de contar con una cepa de bandera es la clave para, al menos pretender, conquistar al mundo. Esto significa a priori, recuperar el 4,5% de share de los vinos exportados a nivel global. Y luego explotar todo el potencial que tiene la Argentina, siempre con el Malbec como líder, para triplicar la posición actual (2,5%) e instalarse alrededor del 7%; puesto natural en el que debería estar.

El Malbec argentino en números

-Desde el 2011 el Malbec es la variedad más cultivada en Argentina; líder en volumen, calidad y exportaciones.  Con unas 43 mil hectáreas cultivadas, el Malbec representa 37,5% del total de variedades tintas (de vinificación) plantadas en Argentina y es el 21,4% de la superficie cultivada del país.

-la variedad que más ha aumentado su superficie: aumentó 163% su superficie cultivada, pasó de 16.347 hectáreas en el año 2000 a casi 44 mil ha. en la actualidad.

-Mendoza concentra el 85% de la superficie de esta variedad, lo que equivale 38.585 hectáreas.

-Argentina le ha brindado al Malbec un lugar muy importante en la escena vitivinícola mundial.

-Entre los países a los que se exporta Malbec, se destacan: Estados Unidos, Reino Unido, Canadá, Brasil, México, China, Países Bajos, Suiza, Alemania y Perú.

-Argentina es sinónimo indisociable de Malbec. Caso emblemático en el que un país logra la asociación directa con un varietal, lo rescata del olvido y marca una innovación en el panorama del vino a nivel global.

En cuanto al mercado externo, el 63,2% del total comercializado es Malbec (elaborado en base a datos del INVEX) y, de enero a diciembre de 2018, se registró un total de USD 481.426.237 producto del Malbec argentino que llegó al mundo. En este sentido, Estados Unidos mantiene su posición como principal destino de la variedad (USD 183.596.402), seguido por el Reino Unido (USD 72.250.045), Canadá (37.610.570) y Brasil (28.162.432). Por su parte, China persiste como uno de los mercados de mayor trascendencia ya que, con una tasa de expansión cercana al 28% anual, el país asiático se ubica en el sexto lugar en el ranking de exportación con USD 14.997.381. En este sentido, China es un claro objetivo para el Vino Argentino de cara a los próximos años y hacia donde se orienta estratégicamente el trabajo de WofA.

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